Dieta sensorial: estimulación en su justa medida

Aunque cada persona es única, y algunas son más sensibles que otras, hay ciertas formas de reaccionar a los estímulos sensoriales más habituales que son comunes para todos.

Existe una serie de procesos del cerebro que nos permiten tomar la información que recibimos a través de nuestros sentidos, organizarla y responder adecuadamente a los estímulos que percibimos; a esto se le llama integración sensorial.

Y si bien hay niños que son más sensibles a ciertos estímulos que otros (por ejemplo, algunos pueden percibir un olor desagradable u oír un ruido lejano con más facilidad) el problema surge cuando la forma de procesar la información genera una reacción anormal que puede llegar a interferir con las actividades de sus rutinas cotidianas.

Los niños con dificultades de integración sensorial reaccionan a los estímulos de su entorno de manera diferente a lo “normal”: pueden responder exageradamente (se angustian o se vuelven hiperactivos), mientras que otros reaccionan con poca intensidad y parece que les falta energía y necesitan un estímulo mayor para funcionar.

Una forma instintiva de reaccionar de algunos niños con dificultades de integración sensorial  es buscar determinadas sensaciones o actividades autoreguladoras como mecerse hacia adelante y hacia atrás, mover nerviosamente la pierna, golpearse la cabeza o llevarse a la boca objetos que no son comestibles.

Además de algunas manifestaciones que se dan a través de la conducta, los niños con déficit de procesamiento sensorial pueden tener dificultades motrices, de equilibrio y de coordinación, ya que además de los cinco sentidos que todos conocemos muy bien (tacto, gusto, olfato, vista y oído) tenemos un sentido vestibular que nos dice en qué posición poner nuestros cuerpos y cabezas para mantener el equilibrio, y un sentido propioceptivo, que nos hace conscientes de la posición de nuestro cuerpo en el espacio y durante el movimiento.

¿Qué es una dieta sensorial?

Una dieta sensorial es un tratamiento que incluye una serie de actividades físicas (movimientos con las manos, los pies o el cuerpo completo) o de modificaciones del entorno o ambiente para ayudar a los niños que tienen dificultades de procesamiento sensorial a tener un mejor desempeño en sus situaciones cotidianas, ya sea en la casa, el colegio o en la calle.

Esta terapia es particularmente útil para niños con hiperactividad, trastorno de atención (TDA), autismo o algún otro tipo de trastorno o discapacidad.

Al igual que una dieta alimentaria, las dietas sensoriales deben ser diseñadas por un especialista (terapeuta ocupacional) de manera individual para satisfacer las necesidades específicas del niño y proporcionarle así la estimulación justa que necesita.

Por eso es importante que el terapeuta evalúe no solo el perfil sensorial de tu hijo sino también sus rutinas, sus gustos e intereses para hacer las modificaciones adecuadas en los ambientes en que se desenvuelve con mayor dificultad e introducir las rutinas que mejor se adapten a él y que pueden incluir:

  • Actividades que produzcan excitación, para elevar el nivel de alerta.
  • Actividades inhibitorias, de relajación o tranquilizadoras para ayudarle si está muy excitado.
  • Apoyos para que aprenda a reconocer su propio nivel de alerta y sea capaz de autorregularse con los estímulos adecuados.
  • Refugios sensoriales o lugares donde puede ir a tranquilizarse cuando ha recibido demasiada estimulación y se siente agobiado.
  • Descansos sensoriales o motores, es decir, un período de tiempo para detenerse o descansar para volver a su punto de equilibrio.

Una vez que el terapeuta ocupacional ha identificado las dificultades de procesamiento sensorial del niño, elabora un plan de tratamiento integral con recomendaciones para favorecer su participación efectiva en las actividades de su vida cotidiana.

Por ejemplo, supongamos que tu hijo es lo que un terapeuta considera de “baja excitación”, es decir, que necesita una mayor cantidad de estímulo para reaccionar adecuadamente. Su dieta sensorial podría incluir un circuito de actividades como hacer 10 saltos de tijera y rebotar sobre una pelota de ejercicios con los pies sobre el piso mientras aplaude 20 veces, que deberá repetir 2 o 3 veces al día.

Los niños que aún no han desarrollado completamente la propiocepción (la conciencia sobre el propio cuerpo) suelen mostrar ciertos comportamientos como romper constantemente la punta de los lápices por afincarse con mucha fuerza sobre el papel, abrazan vigorosamente y a veces son considerados bruscos pues no saben medir el uso de esa fuerza en el juego.

En estos casos es necesaria una dieta que le ayude a fomentar el uso debido de su fuerza, incluyendo ejercicios que involucren la motricidad fina y gruesa.

Actividades de una dieta sensorial

A continuación, te cuento cuáles son las actividades que se utilizan en las dietas sensoriales para promover la estimulación apropiada a cada uno de los sentidos:

Sentido del tacto: juguetes que vibran, pintar con los dedos, jugar con plastilina, abrazar con fuerza un peluche, acariciar a un perro o un gato, jugar con agua, hacer galletas, enrollarse en una manta, etcétera.

Nunca obligues a tu hijo a tocar algo que le resulta desagradable, puede usar un palito o guantes para explorar primero.

Sentido de la vista: móviles y lámparas de burbujas, ver libros con ilustraciones o películas, juegos y actividades que ayuden al desarrollo de las habilidades visuales como conectar puntos, rompecabezas y sopas de letras; reducir el amontonamiento de objetos y no usar colores y patrones muy fuertes en la decoración para evitar una sobreestimulación visual, usar gorra o lentes de sol en la calle.

Sentido del oído: juguetes que suenan, escuchar distintos tipos de música, usar un instrumento de percusión (tambor, maracas, pandereta), identificar los sonidos de la naturaleza, cantar alterando el volumen, imitar los sonidos de los animales, susurrar, soplar un silbato o armónica, usar cascos para proteger los oídos.

Sentidos del gusto y el olfato: oler flores, alimentos o especias de cocina, adivinar a qué corresponde un olor con los ojos tapados, explorar sabores (dulce, salado) o texturas (gomitas, tostadas, cremas), comer helados y chupetas, masticar chicle.

Movimiento: columpios, mecedoras, gatear, imitar el movimiento de los animales, subir escaleras, saltos de trampolín, escalar, rodar cuesta abajo en la grama, rebotar en una pelota medicinal, montar bicicleta o monopatín… Por lo general los movimientos rítmicos funcionan como calmantes mientras que los movimientos irregulares ayudan a la estimulación del estado de alerta.

Completar la rutina de la dieta sensorial puede ayudar a tu hijo a lograr ese estado ideal que le ayudará a aprender nuevas habilidades, mejorar su atención y socializar adecuadamente con los otros niños.

También se cree que aumenta el umbral de tolerancia del niño ante situaciones o entornos muy estimulantes, hacen menos perturbadoras las transiciones y refuerzan las conductas positivas.

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